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lunes, 4 de marzo de 2019

Dos culturas, dos miradas...

El eclipse según Augusto Monterroso y Hergé

Les subo aquí dos ficciones, con un conflicto similar, pero con diferentes resoluciones. Es un ejemplo que nos viene bien a la hora de aplicar lo aprendido sobre transtextualidad, en este caso concreto, de intertextualidad. 

Pero principalmente se los ofrezco para continuar con el estudio de nuestra cultura prehispánica y la de nuestros pueblos originarios.

1)   El primer formato textual es una historieta, aquí convertida en video, de Las Aventuras de Tintín creada por el autor belga Georges Remi (Hergé). Son en total 24 álbumes escritos entre 1930 y 1976. Por un lado  las aventuras del personaje de Hergé son  objeto de culto y de coleccionismo en todo el mundo. Pero por el otro, algunos de los primeros álbumes de la serie han recibido críticas por mostrar una ideología "colonialista y racista". 

Facsímil de la primera edición en color de 1949
Cliqueemos entonces este enlace y luego seguiremos con la lectura del cuento.

Tintín y el Templo del sol


2) Este breve y maravilloso cuento de Monterroso, repite una situación similar a la del video, pero ustedes mismos comprobarán las diferencias.

El eclipse

Augusto Monterroso (Guatemala, 1921-2003)

El texto se encuentra en el libro Obras completas publicado en 1959, cuentos cortos con los que Monterroso utiliza el humor de manera crítica para mostrar situaciones de injusticia y discriminación.
Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
FIN

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